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sábado, 28 de enero de 2012

Viaje

Asciendo solemne a mi Batel y su laberinto de vaivenes. Será un viaje lento. Definitivo. Singular. Con vistas diáfanas y lejanas. Esas brisas erguidas y limpias rozan mi tez orgullosa y aún con vida. Buscaré sobre las nubes del mar esos palacios de alabastro con dédalos que sugieren perderse en el andén propicio del ayer. Del Hoy mismo. Y cuando embarque y finalice mi trayecto, del mañana. Inhalo el amor en mis recuerdos. Buscaré un antídoto en la ciudad de los ángeles y sus famosos baños de sueños. Se ha arriado las velas. Ya me muevo. No se me olvide bajar al corredor y rascar de algún modo formal, estos soliloquios que me han precipitado al viaje en busca del acta que dicte quién soy. Alguien, que también viaja, me ha ofrecido un trago de vino. - ¡Nicolás! Ha pronunciado con una acertada sonrisa. Acepto. Y recuerdo al santo y a un abuelo que solía ofrecerme jícaras de chocolate negro, allá por los tiempos dónde las escamas de mi piel, rejuvenecían y crecían, a cada paso del tiempo joven. Mi propio cuerpo e ilusiones, hacían montoncitos escurridizos en los registros necesarios de la Nostalgia y sus gruesos portones. El buen hotel de los soñadores. He ahí mi destino. Una madre que aun perdura joven en mí se atusa el atuendo de la dignidad. Estamos en alta mar y un ligero viento nos ha desmoronado todo. Incluso mi recuerdo en ella. Me creo en la necesidad de parar a contemplar algo que sé, inciertamente, que está por estas alturas de mi viaje. Lo perdido. El calor me hace divagar. Un sopor extraño cierra mis ojos viejos. La mamá ha desaparecido. No la veo entre los viajeros. Siempre está confundido uno. Nunca sé a ciencia cierta si me quieren y porqué. Un susurro estelar y materno ha hecho virar el barco hacía el sur definitivo. Se diluyen las respuestas que pedía en la noche. Ahora comienza mi aventura. Los arpegios truenan delicados como las cosas de esos Ángeles. Ya he divisado el andén oportuno y su corredor. Bajo lleno de dudas y fragilidad. Seguro. Contento y esperanzado. Las respuestas me esperan. Me gusta el descapotable que traen. A fin de cuentas soy el penúltimo viajero a quién se hará feliz y libre. No en vano ha sufrido las impertinencias de los envidiosos. El aire de la bahía me tonifica. Aquellos arpegios antiguos han vuelto. El encuentro se aproxima. La felicidad se arregla elegante para salir a mi encuentro. La noche alumbra los penúltimos sueños de sus seres, para esparcirlos libres y oscuros como su firmamento fiel. Por fin sonrío libre y en mi estado natural, feliz.

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